Asesinato de embajador ruso, última llamada

En una atmósfera  de esquizofrenia permanente y colectiva,  producto de la continuidad de la Guerra Fría en la que se ha roto ya el “equilibrio catastrófico” entre las potencias, todo puede suceder…y sucede.

Ha sido asesinado, en Ankara, el embajador de Rusia en Turquía, Andréi Karlov. Su autor material, un agente de las fuerzas antidisturbios turcas, fue ultimado ipso facto en el mismo lugar del atentado. De sus motivaciones quedan sólo algunas exclamaciones entremezcladas con el estruendo de los disparos.

El marco climático del atentado no pudo ser más auspicioso: En el interior,  el ejercicio del poder turco por el desquiciado Recep Tayyip Erdogan, obcecado en exterminar todo vestigio de oposición a su mandato, que mantiene a la Nación en un estado de crispación sin solución de continuidad.

En el contexto internacional, la ONU está en proceso de transición en su Secretaría General; situación en la que el Consejo de Seguridad asume las riendas discrecionalmente.

En los Estados Unidos, potencia dominante en la ONU, se prepara el relevo en la Casa Blanca, cuestionado por imputaciones del Partido Demócrata y del propio gobierno de Obama por supuesta injerencia de Moscú en actos que habrían favorecido el triunfo del republicano Donald Trump.

Más específicamente, el crimen se ejecuta en horas en que los gobiernos de Rusia y Turquía acometen esfuerzos diplomáticos para la normalización de relaciones bilaterales que influyan en el proceso de paz en Siria.

Hechos de esa magnitud ponen en entredicho la función y la eficacia la diplomacia. En el periodo de la Guerra Fría, a partir de 1968, se ha consumado una docena de atentados contra embajadores de distintas representaciones. La mayoría, contra dignatarios de los Estados Unidos.

El huevo de la serpiente: El Estado Islámico

Apenas horas antes del terrible suceso en Ankara, el enviado de la ONU a Siria, Staffan de Mistiva había expresado su beneplácito por la decisión del Consejo de Seguridad de enviar observadores a Alepo.

Al conocerse el atentado contra el embajador Karlov, el Departamento de Estado (USA)  se limitó a declarar: Nuestros pensamientos y oraciones por él. (La víctima del demencial crimen).

El jefe de Estado ruso, Vladimir Putin fue menos complaciente: Se trata de una provocación para entorpecer el proceso de paz en Siria.

El alcalde de Ankara, Melih Gokcek, si bien prometió que “los asesinos serán castigados” cuando ya el cadáver del autor material yacía sobre el pavimento de la escena del crimen, puso el dedo en la llaga: Se trata de un acto terrorista.

Ese es el punto: La sucesión de atentados terroristas en Medio Oriente tiene su origen directo con la gestación y la acción del Estado Islámico sonsacado y financiado por Arabia Saudita y aupado por el Departamento de Estado de los Estados Unidos y sus aliados.

El móvil y fin de la construcción de ese descontrolado Frankenstein, han sido desde su diseño el derrocamiento del gobierno sirio, a contrapelo del apoyo popular al presidente Bashar Al Assad.

Si el asesinato del embajador Andréi Karlov pudiera significar un alivio para nuestra sobrecogida Humanidad, éste tendría que consistir en la toma de conciencia de los líderes de las potencias de que el irracional estado de cosas en Medio Oriente no puede perpetuarse, so pena de que crímenes de tal naturaleza inciten a la vesánica imitación y alcancen algún día a jefes de Estado negados a un in pase en la prolongada Guerra Fría, cada vez más ardiente y devastadora.

Mouris Salloum George

Mouris Salloum George: Director general del Club de Periodistas de México A.C.


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